El orgulloso falaz.

Los novelistas somos la quinta esencia de la mentira, fulleros que cantamos al amor incluso sumidos en la desdicha más absoluta, a la guerra aun cuando festejamos la paz sobre todas las cosas, o al honor y la gloria que negaríamos en caso de necesidad más rápido que Pedro a Cristo. Os embaucamos, o al menos tratamos de hacerlo, convirtiéndoos en participes de congojas y júbilos que, salvo quizás en su más remoto germen, no son nuestros, vivencias que son en esencia falsas.

En el umbral de los 90 Vargas Llosa utilizó su libro “La verdad de las Mentiras” para iluminar el oscuro mundo interior de los novelistas, permitiendo a los lectores asomarse y curiosear en él. Fue un leve destello, un sublime truco de prestidigitador, una ilusión artificial que nos dejó vislumbrar donde está el as de la baraja, mientras que ante nuestros ojos el ilusionista hacía desaparecer, chistera adentro, naipes, monedas, conejos y palomas.






“La verdad de una novela depende básicamente de su poder de persuasión, de la fuerza comunicativa de su fantasía, de la habilidad de su magia. Toda buena novela dice la verdad, y toda mala novela miente. Porque decir la verdad para una novela significa hacer vivir al lector una ilusión, y ‘mentir’ ser incapaz de lograr esa superchería”

Un buen novelista ha de manejar con soltura tres profesiones de sibilino origen. Ha de ser un curtido mentiroso, pues lo que cuenta, pese a que puede y debe nacer de una semilla verdadera, es básicamente mentira; ha de ser un diestro mago, porque hace falta buenas dosis de ilusionismo y prestidigitación para hacer parecer la verdad mentira y viceversa; y por último ha de ser un ladrón tenaz, porque nadie alberga en su alma tantas semillas (poderosos polvos mágicos para tu “yo” mago), y las de los demás pueden ser tan buenas o más que las nuestras, robar vivencias para hacerlas suyas y amalgamar con ellas tramas y personajes ha de ser para el novelista un continuo e inexorable peregrinar en busca de su combustible vital.






La alquimia entre la verdad y la mentira organiza el esqueleto de toda novela que se precie. Pues cualquier narración, pese a ser en esencia una falacia, necesita al menos un par de gotas de verdad (semillas). El escritor auténtico acepta sus demonios y los sirve en bandeja de plata a sus lectores, la novela siempre tiene algo de él, porque es esta verdad la que le infiere poder de persuasión, y si esta semilla falta la novela cojea y no convence. Si el tema se escoge fríamente atendiendo a criterios mundanos como las ventas o el mercado, el texto, y por ende el escritor, no será autentico. Tal y como Mario dejó de manifiesto, toda novela es una mentira que finge ser verdad.

La literatura es artificio pero hay que disimularlo, envolverla con un traje a medida de embustes y argucias hasta convertirla en una fábula veraz. Se trata de conseguir un disfraz coherente que consiga escapar del dedo acusador del lector. No olvidemos que los lectores son como los niños y cuando los focos del escenario arranquen destellos de éxito de vuestra mejor capa y el conejo blanco más lustroso del mundo espere turno ante las bocas abiertas de los zagales para salir de vuestra chistera, nadie desea que el gordo del fondo se levante y con la boca llena de Nocilla nos joda la función al grito de: Lo he visto, tiene truco.



1 comentarios:

Berthe Kang louga 5 de enero de 2015, 0:49  

Buenos días. Interesante, hay mucha verdad por no decir todo.

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Sobre este blog

Blog personal del escritor Fernández del Páramo. Un espacio digital creado para dar a conocer su obra y compartir impresiones con sus lectores.